
LUNES, 10 DE AGOSTO DE 2009
Hoy me he levantado con el corazón dividido. Una parte de él está muy triste por tener que dejar atrás a estas criaturas tan lindas con las que tanto he compartido estas 3 semanas. Otra parte de él está alegre por volver a casa junto a mi marido y mi perra que me han esperado pacientemente.
La despedida siempre es dura, es durísima, sobre todo cuando ya has superado el proceso de adaptación y estás disfrutando de la convivencia de verdad; sobre todo cuando empezamos a ser una gran familia unida y feliz. Pero es lo de siempre, tanto ellos como yo sabemos que es algo temporal, y por eso aprovechamos hasta el último minuto de mi estancia, por eso no piso mi habitación hasta las 12 de la noche, cuando ya los pequeños están dormidos, para pasar el mayor tiempo posible a sus lados. Pero hoy, llegó el temido día; llegó el día del adiós.
A las 18h salía el coche hacia el aeropuerto, así que a lo largo del día intercalaba ratos de empaquetar cosas y de estar con mis niños. Nehru, Ruby y yo nos sentamos por última vez a terminar trabajo una horita. Como despedida, Ruby me hizo una comida especial: Chapati con un acompañamiento buenísimo. La verdad es que Ruby me ha cuidado como una madre, es más buena que el pan.
Rogesh vino también a la despedida y por fin, con un rickshaw que parecía nuevo. Había cambiado los sillones y la tapicería. Ahora es un rickshaw “de lujo.” Estaba tan contento que no se lo creía. Como agradecimiento colocó mi nombre en uno de los laterales del vehículo. “Todo esto es gracias a ti. Me has ayudado mucho. Muchas gracias. Te prometo que los niños estarán bien. Yo me voy a ocupar de ello”, me decía entre lágrimas. “Eso es lo único que yo te pido a cambio, por favor, cuida de los niños y anímales, que contigo lo pasan muy bien y eres un buen hombre”, le respondí yo.
A medida que se iba acercando la hora del adiós, me invadían cantidad de sentimientos. LA PENA era enorme, el apego a los pequeños era un hecho y ahora debía hacer un gran trabajo interior para superar la distancia. LA SATISFACCIÓN era muy real, me iba con todos los objetivos cumplidos y con el trabajo terminado. LA TRANQUILIDAD INTERIOR aparecía por saber que el dinero que tan generosamente han aportado nuestros colaboradores ha sido bien invertido, haciendo muy felices a los niños, mejorando mucho sus condiciones de vida y brindándoles experiencias que nunca jamás olvidarán. La tranquilidad aparecía por saber que me he entregado al 100% y que más no hubiera podido hacer. LA ALEGRÍA se asomaba al pensar en la suerte que he tenido de tener esta experiencia y de lo lleno que está mi corazón. Alegría de saber que mi familia me estaba esperando en casa ansiosamente, pero que aquí tengo otra familia maravillosa que tendré presente cada día. LA ANSIEDAD de pensar que éstos serían los últimos abrazos y las últimas miradas hasta la próxima visita. Sus voces las seguiría escuchando por teléfono. EL AGRADECIMIENTO era inmenso, hacia todo y hacia todos.
Al salir ya de mi habitación con las maletas terminadas, los niños me esperaban sentaditos en la sala listos para despedirse. Las caras de los niños reflejaban horror y yo me esforzaba por mantener la sonrisa que tanta tranquilidad les daba. Algunos niños me habían preparado regalos de despedida, así que uno a uno se fue levantando y entregándome su regalo. Me regalaron cartulinas con dibujos, flores y corazones, manualidades preciosas y cartas de despedida que abriría más tarde en el avión. Me regalaron una flor de cartulina con una foto central de todos los niños conmigo y con el nombre de cada uno de los miembros de la gran familia escritos en los pétalos que rodeaban la foto. “Esta flor la colgaré al lado de mi cama y cada noche rezaré por ustedes y les daré las buena noches como siempre”, les dije. Poco a poco algunos niños empezaron a llorar hasta que aquel salón parecía un velatorio. Allí lloró hasta el apuntador. Me levanté y fui despidiéndome uno a uno con un abrazo gigante y muchos besos. Algunos se me agarraban al cuello y no me soltaban. Otros lloraban desconsolados y tenía que calmarles. Otros no podían mirarme a la cara. Fue durísimo. En varias ocasiones tuve que abandonar la sala para controlar mi llanto y sacar la energía para seguir fingiendo mi sonrisa. El pequeño Bovas entró en estado de shock, dándonos un buen susto a todos. Sus ojos se quedaron en blanco, lloraba y lloraba, pero no respondía. Lo saqué en brazos, le mojamos la cara con agua y le dimos leche caliente de beber. Poco a poco fue despertando hasta quedar profundamente dormido. Vaya susto nos llevamos.
Me acompañaron todos al coche, algunos me daban sus últimas buenas noches, otros me daban sus últimos besos en las manos hasta que la puerta se cerró. Todos sacudían sus manos diciendo “Bye!!!!”. Empezaron mis suspiros, ¡cuánto les quería!
Nehru y Ruby me acompañaron al aeropuerto. En el coche conversamos, hicimos balance de todos los momentos, nos dimos las gracias mutuamente y Ruby no paraba de llorar. “Vienes de otro país, te quedas en nuestra casa sin ningún tipo de comodidades ni facilidades para ti, soportas el calor, te pones enferma y no protestas, te entregas a los niños, piensas en ellos antes que en ti misma y a través de tus amigos y familia nos ayudas muchísimo. Eres un regalo que Dios nos ha hecho y lloro porque aún no me lo creo después de la miseria que hemos pasado. Gracias, Lucía”, me decía entre sollozos. “Ruby, en tu casa estoy mejor que en ningún hotel, me cuidas como a una hija, tengo a los niños siempre cerca y me siento como en mi casa. Yo soy feliz haciendo lo que hago, me nace del corazón y también le doy las gracias a Dios por haber encontrado a gente generosa dispuesta a colaborar en esto. Gracias a ustedes por haber fundado un orfanato, por haber compartido lo poco que tenían con niños que tenían menos aún y por cuidar de los niños todo el año. Gracias por alimentarles y abrirles las puertas a una educación y por enseñarles lo que es la fe.”
Me acompañaron hasta la puerta del aeropuerto y allí nos íbamos diciendo adiós en la distancia, hasta que desaparecíamos de nuestro campo visual. Hice todos los trámites, pasé los numerosos controles y llegué a la puerta de embarque. Sólo entonces, cuando me quedé en mi soledad, sentada y con la mirada perdida, me convertí en un mar de lágrimas que no podía controlar. Cantidad de imágenes me recorrían la mente y me derrumbé. Dejé de contenerme y di rienda suelta a mis emociones. Lloré, lloré y lloré sin parar hasta que caí rendida en uno de esos asientos incómodos del avión para despertarme a las 6 horas.
Aterricé en Alemania y todo volvía a estar limpio, la gente volvía a ser blanca, volvía a entender el idioma y la comida empezaba a ser familiar. Sin embargo yo seguía llevando encima el aroma a jazmín, las voces de mis niños seguían resonando en mi cabeza y mi corazón aún sentía el calor de esos últimos abrazos.
Llegué a Barcelona y mi estupendo marido me esperaba con todo el cariño del mundo y con los mejores manjares preparados. A mi perra casi le da un ataque al corazón al verme y no se me despega ni un segundo. Me di una ducha de media hora con varias manos de jabón y disfruté de todos esos sabores que echaba de menos. Colgué la flor en mi ventana, di las buenas noches a todos los pequeños y pedí por ellos. Me acosté en mi cama y mi espalda reposó plácidamente. 13 horas más tarde desperté, mi cuerpo estaba molido, pero empezaba a recuperarse.
Sin duda, este viaje ha merecido mucho la pena. Lo que he vivido, lo que he aprendido y lo que he sentido no lo olvidaré nunca. Ahora seguiré trabajando y luchando por seguir ayudando en la distancia mes a mes y pronto programaré una nueva fecha de visita para incentivarme.
Siento que no hay nada más grande que hacer felices a los demás. No hay nada más hermoso que llenar de ilusión y amor corazones que se sienten solos y abandonados. Siento que no hay nada como regalar esperanza.